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En
Ocasiones moría ganado después de bajar a beber agua en el
río. Algunos pastores también habían aparecido muertos no
lejos de la orilla...

Se
decía que en los pueblos del río se culpaban unos a otros
de envenenar el agua, hasta que se llegó a una conclusión:
una mujer extraña y muy hermosa de joven, además de rica,
se había casado desobedeciendo a su familia con un mozo, hijo
de molineros. Poco tiempo después el mozo moría en los caminos,
por donde viajaba como buhonero. Una vez enterrado la muchacha
no quiso vivir en su casa y se retiró al monte, a la cabaña
abandonada de la Carbonera Vieja.
Nunca
se oyó decir que hubiese hacho daño a nadie. Se dedicaba a
buscar hierbas, frutos, miel... En invierno se la veía recoger
leña.
En
las largas temporadas de nieve constante, la gente miraba
cada mañana a ver si salía humo de su cabaña. Pero ningún
otoño bajó a celebra la cosecha en su casa. Ni siquiera acudió
al entierro de los suyos. Y es que, se comentaba, todos aquellos
años estuvo fraguando su venganza hasta que encontró la forma
de hacer el mal.
Cada
año, cuando en Peña Mira se regalaban las nieves últimas y
en el vallejuelo la vida volvía a querer reverdecer, salía,
oculta, a buscar en los bosques orugas negras, salamandras
y escuerzos. Y un día, al amanecer de la Cruz de Mayo o en
la noche de San Juan, las machacaba con piedras y vertía la
orza en los remansos del Río Aliste.
El
día que fueron a prenderla se juntaron los vecinos de todo
el contorno y la querían matar. Tuvo que intervenir la guardia.
El juez dijo que se abriría un proceso. El clero dijo que
se haría un desagravio.
Una
vez ejecutada , la gente respiró tranquila.
Cuando
al año siguiente aparecieron muertas a la vera del río algunas
reses hubo quienes pensaron que aquella no era la culpable.
Así fue como se construyó la ermita donde estuvo la cabaña.
En el altar había un ramo de novia blanco y escrito unos versos:
Por
eso yo nunca digo
de
este agua no beberé.
Los
pastores ya no llevaban su ganado a beber por aquellos remansos
ni dejaban pacer en las orillas a sus ovejas.
Años
más tarde murieron dos niños y fue cuando se descubrió el
secreto: unas plantas eran las causantes de sus muertes. Su
nombre era el Nabo del Diablo, la planta más venenosa del
Río Aliste.
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