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¡ADIÓS,
SIERRA DE LA CULEBRA...!
La
estancia de los moros en la región no está demostrada sino
por indicios. Sin embargo, el pueblo los ha hecho protagonistas
de muchas leyendas que circulan por Aliste.
Existe
la creencia unánime por estas tierras de que los moros eran
ricos, que huyeron precipitadamente acosados por las tropas
cristianas del norte, y que, no
pudiendo llevarse sus tesoros, por el peso, los dejaron
escondidos en su huida por si más tarde la suerte se decantaba
a su favor y les proporcionaba un feliz regreso.
Así,
la imaginación entusiasta del pueblo ha elaborado un mundo
de ficción, de tesoros fabulosos escondidos en lugares apartados
y recónditos, unos envueltos en pieles de toro, otros ocultos
en vasijas, cuya localización podría hacer feliz a cualquiera.

Cuentan
que un pastor había encontrado una olla de oro en las pedrizas
de la sierra. ¡Que suerte la mía!, se dijo. Pero
al destaparla vio que contenía un polvillo oscuro, a simple
vista desdeñable. ¡Bah, esto no vale para nada; es como
hollín de la chimenea!, y enfadado, la asió con ambas
manos y la estrelló contra el suelo. La olla se hizo añicos
y el polvo se escurrió entre las piedras. Azuzado por el remordimiento,
recogió unos residuos y corrió a toda prisa hacia el pueblo
a comunicar su extraña aventura. El cura le echó en cara su
torpeza, y su disgusto fue inenarrable cuando le dijo que
se trataba de un auténtico tesoro, sólo reconocible al trasluz,
a los rayos del sol...

La
sierra, por su embrujo natural, al margen de la riqueza que
en ella aún esté sin explotar, arrastra un rumor milenario
de tesoros guardados. La sierra ha sido objeto de una constante
mitificación colectiva. Nada mejor que ese lugar de soledad
y misterio para que vuele a sus anchas la fantasía popular.
La
tradición ha inmortalizado estos hechos, reales o fantásticos,
en dos versos, a modo de pareado, que expresan el dolorido
sentir de los moros en el momento de su despedida:
¡Adiós,
sierra de la Culebra,
cuánto
oro y plata queda en ella...!
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