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Esta
es la historia de la viga atravesada de Mahíde, según me la
contaba mi abuelo Victoriano Vega del vecino pueblo de la
Torre de Aliste.
Parece
ser que todo empezó cuando un buhonero que pasaba por el pueblo
les vendió una hoz. Por aquel entonces, los habitantes de
Mahíde desconocían las hoces, lo que hacía que las tareas
de la siega fueran sumamente penosas.
Los
segadores iban pertrechados de una bigornia, un cincel y un
martillo, así pues, cuando iban a la siega, tomaban una caña,
la colocaban sobre la bigornia y con el cincel y ayudados
por el martillo la cortaban. Así iban planta por planta, con
lo cual las labores de la siega se prolongaban casi hasta
la siembra siguiente. Fue por eso que cuando el buhonero les
enseñó la hoz y les demostró lo práctico que era su uso quedaron
todos encantados y le adquirieron una. No obstante el quincallero
les avisó de que la utilizaran con cuidado, ya que la falta
de práctica en su uso podía acarrear accidentes.
Así,
todos contentos, se dirigieron a las mieses a estrenar su
reciente adquisición. Al rato de estar segando, el primer
vecino que la había probado, se cortó un dedo. Asustado y
contrariado tiró la hoz y no quiso seguir segando. Otro vecino
le tomó el relevo con resultados parecidos.
Los
vecinos se iban mosqueando y empezaron a llamar a la hoz la
bicha rabiada. Cuando varios vecinos fueron mordidos
por la bicha rabiada perdieron la paciencia y decidieron deshacerse
de ella, para eso, nada mejor que matarla a palos.
De
este modo, todos los vecinos la rodearon y armados de estacas
se dispusieron a molerla a palos, con tan mala suerte, que
al primer golpe, la hoz saltó y fue a quedar colgada del cuello
del alcalde. El alcalde aterrorizado gritaba ¡Quitadme
la bicha rabiada!, ¡Que me come la bicha rabiada!. El
más osado de los vecinos se acercó, no sin miedo, y de un
tirón le arranco al alcalde la bicha rabiada del pescuezo,
pero claro, de paso le rebanó el cuello y le separó la cabeza
del cuerpo. Aquello fue el colmo y los vecinos decidieron
prender fuego a las mieses para que la bicha rabiada muriese
abrasada. El resultado fue que aquel año perdieron la mayor
parte de la cosecha, amén del alcalde.
No obstante aquí no acabó la cosa. Con la cosecha mermada
se enfrentaban a otro problema, los ratones que amenazaban
con comerse el poco trigo que les había quedado. Por aquel
entonces, en Mahíde no sabían de la existencia de los gatos,
así que no tenían forma de luchar contra los temibles roedores.
El azar quiso que volviera por el pueblo el buhonero, que
por suerte traía un gato y les explicó a los vecinos las bondades
del bicho en la lucha contra los ratones, pero después de
la experiencia con la hoz no estaban muy convencidos de las
maravillas de aquel quincallero. Sin embargo, la necesidad
era acuciante y decidieron arriesgarse y adquirir aquel curioso
felino que iba a librarles de la plaga de ratones. Cuando
el vendedor ambulante se alejaba, los vecinos se percataron
de que no le habían preguntado acerca de las costumbres alimenticias
del gato así que a voces preguntaron:
¡Buhonero...!
¿Qué come el gato?
Él
contestó Lo que los hombres
Con
la distancia los habitantes de Mahíde entendieron que el gato
se comía a los hombres y aquello no les gustó nada. Volvieron
a preguntar, por si acaso, y recibieron la misma respuesta
que ellos seguían interpretando mal. Así varias veces, hasta
que el quincallero, cansado de tantas voces respondió con
enfado Moscas asadas. Eso lo entendieron todos
y ya quedaron más tranquilos.
Se
presentaba ahora el problema de conseguir suficientes moscas
para alimentar al minino, así que un cazador del pueblo se
prestó voluntario para con su escopeta cazar el mayor número
posible de moscas para tener al felino contento. Así pues,
ni corto ni perezoso, comenzó la tarea. Una mosca juguetona
que por allí andaba se posó en la chaqueta del nuevo alcalde,
el cazador apuntó y disparó, con tan buen tino que acertó
de pleno en la mosca, pero como efecto colateral también alcanzó
al flamante alcalde, que pasó a mejor vida. Aquello puso sobre
aviso a los vecinos que recordaron el asunto de la bicha
rabiada, así que para que la cosa no fuera a más decidieron
deshacerse del gato. Pero el bicho tenía otros planes y se
revolvió contra los vecinos dejándolos a todos arañados y
magullados, finalmente el felino se desembarazó como pudo
de los iracundos lugareños y corrió hasta encontrar la gatera
de la iglesia, por donde se coló y se puso a salvo. Los vecinos,
no satisfechos y temiendo que el gato volviera a salir y a
atacarles de nuevo, prendieron fuego a la iglesia para terminar
de una vez por todas con el infernal bicho.
Un
nuevo problema se les presentó a los habitantes de Mahíde,
tendrían que reconstruir la iglesia y para ello debían conseguir
una gran viga. Decidieron talar un negrillo grande que había
a la sazón a las afueras del pueblo. El problema es que el
negrillo estaba situado al lado de una profunda poza, lo cual
hacía que la tarea fuera complicada.
El
más anciano del pueblo aportó la solución, sería necesario
ir a recoger gran cantidad de buyacas con las cuales rellenarían
el pozo y trabajarían de forma cómoda y segura. Cuando la
poza estuvo llena de buyacas acordaron los mozos que subirían
a lo alto del negrillo y se irían descolgando uno de los pies
de otro hasta tocar suelo, de esta forma harían fuerza y derribarían
el árbol y así lo hicieron. Pero en el momento en que el último
mozo trató de hacer pié sobre las buyacas de la poza, se dieron
cuenta de que flotaban y que no había seguridad, el mozo de
más arriba, vencido por la fatiga que le causaba el peso de
todos los demás jóvenes rescolgados de él no pudo seguir sujetándose,
con lo cual toda la mocedad del pueblo cayó a la poza.
Afortunadamente,
ninguno de los jóvenes sufrió grave percance, pero eso sí,
todos salieron hechos unas sopas. Se desnudaron y se tumbaron
al sol para secarse pero cuando estuvieron secos se presentó
el problema: tenían que calzarse y en aquel lío de piernas
y pies, nadie sabía cuales eran los suyos para calzarlos,
por lo cual, el zapatero del pueblo tuvo que ir a buscar una
lezna e ir pinchando pie por pie para que cada mozo supiera
cuales eran los suyos y así poderse calzar.
No
sin vicisitudes, consiguieron talar el negrillo y hacer la
viga para restaurar la iglesia, pero se presentó el problema
de introducirla por la puerta. Todos a una trataban de meter
la viga, pero la ponían atravesada y no había modo de que
la viga entrara por la puerta de la maltrecha iglesia.

Así
pasaron varios días de infructuoso trabajo, hasta que por
aquellos lares volvió a pasar nuestro conocido buhonero que
empezaba a tomarle gusto a los tratos que hacía con los de
Mahíde, al ver los trabajos de los vecinos del pueblo se ofreció
a ayudarles, les dijo que el problema era de falta de lubricación
de la viga y que si le compraban todo el aceite que traía,
él les garantizaba que entrarían la viga en la iglesia. Dicho
y hecho, los de Mahíde le compraron todo el aceite y el quincallero
les dijo que untaran bien la viga con él, después fue dirigiendo
a los mozos hasta que se pusieron de punta frente a la puerta
de la iglesia y consiguieron meter la viga sin problemas.
Los habitantes de Mahíde quedaron muy agradecidos al buhonero
que desde entonces no perdió la oportunidad de pasarse por
el pueblo cuando tenía ocasión para solventar las posibles
necesidades de los lugareños. Y también desde entonces, se
conoce a los pobladores de esta bonita villa alistana como
los de la viga atravesada.
Como
me lo contaron, así yo lo cuento. "Si non e vero e ben
trovato".
Javier Vega
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