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Una
de las costumbres más ancestrales que ha sobrevivido
a los estragos del tiempo es la matanza del cerdo, adaptada
a los tiempos que corren, pero conservando gran parte
de su antiguo ceremonial.
Misa
y marrano, una vez al año.
La
crianza
Antiguamente
no había casa donde no se criase, al menos, un cerdo.
Lo
peculiar de cada matanza depende del tipo de alimentación
que se le haya dado al animal. Durante su crianza se
combinarán los cereales con las verduras, a veces crudas
y a menudo cocidas en las viejas cocinas de curar, colgando
un bidón o lata de las llares O sobre las
trébedes. También se le da harina y salvado.
Cuando
el otoño va acabando y el campo reposa de todas sus
labores, con la cosecha de pan y vino y el alimento
para el ganado atesorados en las casas, el frío apretando
las curtidas carnes de los campesinos, es la hora de
pensar en proveerse de reservas para el próximo invierno
y el resto del año.
La
matanza
La
época del año tradicional par realizar la matanza es
a partir de mediados de noviembre, por San Martín. Por
San Martín coge al puerco por el focín.
Cada
uno mata cuando puede o cuando tiene tiempo, siempre
procurando que el tiempo se haya puesto de heladas.
Por
San Martín encierra tu vino. Por Santo Tomé toma
el cochino por el pié.
La
víspera
de la matanza se preparan todos los utensilios necesarios
y se avisa a los familiares o vecinos que vayan a cooperar
en la matanza y se les invita a cenar. La mujer busca
trapos, prepara calderos, potes, etc. El hombre saca
los bancos, baja los cuelmos, prepara artesas (baños),
cuerdas, sogas y afila los cuchillos. El animal ayuna
el día entero, o al menos la noche anterior.
El
día señalado se
suele empezar la faena tomando una copa de orujo con
pan. Los hombres se encaminan al cubil o corteja
(pocilga) armados con una soga que se pasa por la boca
del cerdo y se ata, sacándolo. Los demás lo cogen por
orejas, rabo, patas y lo llevan fuera.
Una
vez bien amarrado el matarife se sitúa, tantea la papada
y clava el cuchillo. A la cabecera una mujer espera
con un barreño o cubo para coger la sangre que brota
y que removerá constantemente para que no se coagule.
Se empleará en la elaboración de morcillas, comerla
cocida o para la chanfaina.
Tras
la muerte del cerdo se le coloca de barriga con las
patas abiertas y se cubre con un cuelmo
de paja de centeno extendido y se le prende fuego, para
que se chamusque. A continuación se le da la vuelta
patas arriba y se repite la operación hasta que todas
las cerdas estén quemadas. 
Con
puñados de paja larga encendidos se chamuscan todos
los rincones del cuerpo, procurando no dejar nada y
deteniéndose más en las pezuñas, que por efecto del
calor se arrancan de las patas.
Para
limpiar el cuero chamuscado se lava con agua y se raspa
con trozos de corcho. Una vez bien lavado y raspado
se sube al banco, se le abre el vientre y se le sacan
las tripas. Después se cuelga de una viga con sogas
atadas al hueso sacro del espinazo. Se le sacan los
pulmones con la gorja, el corazón y el hígado, se lavan
y se cuelgan. La untaza (manteca) con los
riñones se deja colgando, separada con un palo del resto
del vientre. Abre un puerco y verás tu cuerpo.
Mientras
los hombres realizan todo esto, las mujeres desenredan
las tripas (desentretiñar) y los niños esperan a que
les den su trofeo: la vejiga, que se hincha con una
paja de centeno y se ata, sirviendo de improvisado balón
( o se guarda para zambombas).
Después
se va al río a lavar las tripas, y se dejan en sal.
Con
tanta faena se desata el apetito y llega la hora del
yantar y descansar. En la comida se suele degustar los
primeros alimentos salidos del cerdo: sangre, hígado,
mollejas, etc. También era plato típico la chanfaina.
Por
la tarde noche se hacen las morcillas, elaborándose
con el mondongo a base de sangre, cebolla
sofrita picada, pan migado, miel y algún que otro ingrediente,
y se embuten en tripas anchas. Se dejan escurrir y se
cuecen, colgándose posteriormente de los varales de
la cocina de curar.
Al
día siguiente
se descuelga el cerdo y comienza el despiece de sus
partes. Se comienza por la cabeza, después de corta
por la mitad, separando el espinazo. Se quitan costillas
y lomos. Se cortan los jamones y las paletillas. Los
tocinos se libran de trozos de carne, y mientras otras
personas preparan la carne, quitan huesos y grasa, etc.
Salvo lo que se vaya
a conservar entero (jamones, lomos y tocinos) el resto
se pica (hoy a máquina, antiguamente a cuchillo) para
elaborar los embutidos. Algunas vísceras y carne menos
apreciada se pica aparte para hacer la choriza
ruin, que era la que primero se comía. Se aprovechan
para esto los pulmones, el corazón, la gorja, etc.
La
cabeza, tocinos y jamones se ponen en sal.
Como
todo esto supone gran trabajo, a media mañana se realiza
un alto en las tareas para comer la tajada,
una carne asada muy sabrosa, junto con los cielos
(paladar).
El
tocino fue en otros tiempos el alimento base, junto
con el pan, para realizar las duras faenas del campo.
La
carne se adoba con una mezcla de pimentón, ajo, sal,
agua y aceite para el chorizo, y con otras especias,
según el gusto de la casa. Repartido el adobo y envuelto
a mano en los baños, se alisa y se hacen cruces para
alejar males, dejándolo reposar hasta el día siguiente.
Una
costumbre era la de llevar a los vecinos y familiares
un poco de hígado o lomo, a lo que el vecino correspondía
con lo mismo cuando hiciese su matanza.
Embutido
y últimas labores
Después
de toda una noche en reposo, la carne adobada está lista
para ser embutida.
Antes
se hacía con un embudo, apretando la carne con la mano.
Hoy en día se hace a máquina y bastan dos o tres personas
para realizar la labor. Una vez hecho el chorizo se
cuelga en los varales en la cocina de curar.
Los
huesos, el espinazo y las costillas se adoban y también
se cuelga. Los lomos que no se comen frescos se adoban
y se embuten en la tripa más gorda del cerdo: la
tripa morcillera. Los huesos pequeños y restos
de carne con cuero etc, se embuten en los botillos,
que una vez curados se cuecen con patatas creando un
plato muy apetitoso.
Con
todo esto colgado, la cocina de curar desprende un aroma
distinto y agradable, y la matanza empieza a curarse.
La
manteca y la grasa que se ha acumulado se aprovecha.
Se corta y pica, y se derrite al fuego en una caldera
de cobre. Mientras se derrite se suelen echar manzanas
y pan en ella para comerlos y son un auténtico manjar.
La
manteca se guarda en ollas de barro de Moveros para
consumir el resto del año. Los residuos son los chicharrones
o coscarones, utilizados en repostería y
en tortas de amasar.
Con
ellos se hacen los turriones, junto con
pan migado, un refrito de cebolla y miel.
Todo
este trabajo se premia con tener la despensa llena par
el resto del año. Se come en principio lo más perecedero
o que puede ponerse rancio, hasta que las largas jornadas
del verano campesino inviten a los embutidos para reponer
fuerzas.
Cuando
comienza el año, un nuevo cerdo habitará la corteja,
alimentándose para que al final del año se vuelva a
llenar las despensas.
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